La violencia contra la mujer en República Dominicana sigue siendo un problema grave que, lejos de disminuir se agrava, porque ni desde el Estado ni desde la sociedad está siendo enfrentada.
Una cultura que fomenta el control
El problema tiene raíces profundas en una cultura donde aún persisten, como muchas décadas atrás, conductas de control, celos extremos y la creencia de que la pareja le pertenece.
La violencia no surge de repente. Inicia con control emocional, sigue con amenazas, pasa a agresiones físicas y, en los casos más graves, termina en feminicidio.
Instituciones que reaccionan, pero no previenen.
La respuesta del Estado se enfoca principalmente en el castigo: órdenes de alejamiento, procesos judiciales y condenas. Sin embargo, la prevención sigue siendo débil o casi inexistente.
Las órdenes de alejamiento, aunque necesarias, muchas veces fallan por falta de seguimiento y respuesta rápida ante su incumplimiento. Esto deja a muchas víctimas en situación de riesgo.
El silencio que favorece al agresor.
Muchas mujeres no denuncian por miedo, dependencia económica o desconfianza en las autoridades. Este silencio permite que los agresores continúen su conducta sin consecuencias tempranas.
Reducir los feminicidios requiere un enfoque integral que incluya educación emocional, formación en relaciones sanas y programas dirigidos a hombres con conductas violentas.
También es necesario impulsar campañas que cuestionen la cultura del control y promuevan modelos de convivencia basados en el respeto.
El feminicidio no es solo un delito; es el reflejo de una sociedad que aún permite la violencia contra la mujer en distintos niveles.
Si la respuesta es afirmativa y consecuente, se impone entonces la necesidad de una transformación profunda de las instituciones, para que sean capaces no solo de enfrentar el feminicidio, sino de prevenir y desmontar otras formas de violencia que se reproducen, directa o indirectamente, desde el propio aparato estatal.

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