Por Luis Herasme
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Sábado, 7 de marzo 2026.
La ocurrencia del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sobre el idioma español durante un encuentro con presidentes de América Latina en Florida, habría pasado como una de sus tantas salidas provocadoras, de no haber sido por las risas que causó, en lugar de enojo, en muchos de los presentes.
Trump dijo que no aprenderá español porque no tiene tiempo y se refirió al idioma de forma despectiva.
Lo más triste no fue la frase. Lo más revelador fue la reacción.
Nadie espera que un mandatario de casi 80 años se dedique a estudiar idiomas. Ese no es el punto. El problema es el tono y lo que ese tono transmite cuando se habla del idioma que comparten cientos de millones de personas, incluyendo decenas de millones que viven en Estados Unidos.
Cuando una expresión de desprecio hacia una lengua y hacia una cultura, provoca carcajadas entre los invitados latinos, queda al desnudo que el problema no es solo quien pronuncia la burla, sino también quien la celebra o la tolera.
En diplomacia, el silencio muchas veces equivale a asentimiento. Y la risa, peor aún, puede interpretarse como complicidad.
Resulta paradójico que esto ocurra precisamente cuando Washington busca apoyo regional para iniciativas de seguridad contra el narcotráfico y pretende construir alianzas estratégicas en el hemisferio. Las relaciones internacionales no se sostienen únicamente en el poder militar o económico; también dependen del respeto simbólico entre socios.
El español no es una lengua marginal. Es uno de los idiomas más hablados del planeta y una parte creciente de la realidad cultural estadounidense.
¿Por qué reímos cuando se menosprecia lo que somos?
Tal vez el problema no sea solo la arrogancia del poder, sino también la facilidad con que algunos aceptan esa arrogancia cuando proviene del poder.

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