Wilson Acosta afirma en prosa Lago Enriquillo tiene sus olas.

EL LAGO Y SUS OLAS

En la prosa de:
Wilson A. Acosta S.

Yo he visto las olas del Lago Enriquillo estrellarse contra las duras rocas del litoral norte de su geografía de cerros desnudos bajo un cielo lluvioso.

Igual las he visto morir en débil y rápida agonía al deshacerse entre espumas y arena, en las orillas de la playa que lo limita con los viejos conucos de la legendaria Barbacoa de los “Sena” de los “Cueva” de los “Trinidad” de los “Díaz” de los “Méndez,” bajo la acogedora sombra de los cocoteros en preciosos días soleados.

Muy joven, en ocasiones, yo solía aventurarme junto a mis amigos de “La Villa” más allá de los frescos cachones y de los caños repletos de jaibas, biajacas, tilapias, hasta las orillas del lago, en aquellos inolvidables domingos de pasadía, armados de guitarras de alcohol y de un fraterno compañerismo en pos de sana diversión.

¿Quién fue el insensato que dijo que el Lago de Enriquillo no produce sus olas?… Es como si se dijera, que en sus entrañas no existe el cocodrilo americano…
Yo las he visto barrer la carretera y mojar con sus aguas tibias y saladas a los ocasionales vehículos de motor que la transitan y a las personas que se aventuran a pie, en cortas distancias, porque que habitan los cercanos poblados. He respirado el aire penetrante de sus azufradas y azules ondas lacustres. Yo he sido protagonista y testigo presencial de todo aquello…

Alguien ha dicho que hay ausencia de olas en los Lagos…Y yo le pregunto:

¿Y las olas del lago Titicaca, y las del Lago Valencia o las del lago Maracaibo, los tres, sitos en nuestra América? ¿O las violentas tempestades del inmenso y misterioso Lago Baikal en el sur de la lejana Rusia Siberiana?
¿No arrastran los vientos sus superficies líquidas para dar vida a sus hermosas olas?

Sería una decisión imperdonable para nosotros, una cruel desilusión que nos diera la naturaleza, si nos hubiese privado de un espectáculo así tan maravilloso en el Lago del Cacique…Poblado por aves endémicas, junto a las preciosas aves migratorias como los patos de la florida, los flamencos y las garzas que lo visitan año tras año…

El agua de los Lagos acorde con su tamaño es serena, es pacífica, por eso, sus olas también son moderadas y el rumor y la fuerza de su avance es más lento y menos agresivo que el de las grandiosas olas de los mares.
Gracias a Dios que las olas del lago sí existen y que a veces se incomodan y se exaltan para luego en un rítmico y líquido vaivén de sal y de azufre ir lamiendo con ternura el entorno de bayahondas y de cactáceas de la isla Cabrito.

Por eso dije de él un día, al contemplarlo en su majestuosidad, que el Lago es un poema en rebeldía, que marcha indetenible amenazando las alturas de los cerros tras las huellas de su Enriquillo inmortal.
Que nuestro Lago es un pedazo desterrado del mar Caribe con una edad geológica milenaria. Colmado de épicos recuerdos. Que por épocas ahoga las llanuras indefensas, donde una vez se cultivó el arroz, y que acaricia con su aliento mineral la epidermis de las míticas y enigmáticas Caritas que nos legó el arte rupestre de petroglifos de los originarios habitantes que acompañaron al Cacique en la célebre jornada de su justa rebeldía.
Ellos al grabarlas con su rústico cincel, las dejaron a salvo de esas olas en un difícil promontorio del cerro, que sirve de escalón para ascender a las estribaciones de la sierra de Neiba. Nos las dejaron como fiel testimonio de su paso por esta tierra en que vivieron felices hasta la llegada del cruel conquistador que les hurtó su libertad, su virginidad y luego sus vidas, en un genocidio inenarrable…

Es un privilegio observar el sublime paisaje desde esa elevación, que más que un simple promontorio del cerro nos luce un santuario inexplorado, donde duermen los restos los ritos y los cánticos de aquella raza exterminada en su heredad por la codicia y por la incomprensión. Al encontrarnos allí, nos da la sensación de confundirnos con la naturaleza en silente comunión, empeñados en descifrar el idioma universal del arte y de la belleza de nuestro omnisciente y omnipresente creador.

Aquel que dude de las olas del lago que pregunte al humilde pescador que madruga sobre sus aguas pesadas conduciendo sus rudimentarias yolas tras los bancos de peces, evadiendo con maestría sus peligrosos golpes de agua…
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Sobre Luis Herasme

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