En el imaginario colectivo dominicano, pocos pueblos han cargado con etiquetas tan persistentes y, al mismo tiempo, tan injustas como Neiba, municipio cabecera de la provincia Bahoruco, en el suroeste del país.
A lo largo de los años, dos afirmaciones se han repetido con ligereza hasta adquirir categoría de “verdad popular”: que Neiba es un pueblo chismoso y que sus habitantes consumen carne de burro. Ninguna de las dos resiste el más mínimo análisis serio.
La primera de estas ideas, la de un Neiba definido por el "chisme", la reduce a un estereotipo (creencia) que, por repetido, ha sido aceptado sin cuestionamientos, pero basta detenerse a observar la vida cotidiana del municipio para desmontar esa narrativa falsa.
Neiba es, como cualquier otro pueblo dominicano, un espacio donde conviven la conversación, la crítica, la solidaridad y el trabajo.
Si hablar del otro fuese una condición exclusiva de este territorio, entonces habría que redefinir la naturaleza misma de la sociedad dominicana.
Resulta, además, paradójico que quienes más difunden esa etiqueta incurran precisamente en lo que denuncian, porque replicar sin evidencia un juicio generalizado es, en esencia, una forma de chisme.
Así, el mito se alimenta de sí mismo, perpetuando una imagen distorsionada que poco tiene que ver con la realidad.
La segunda afirmación, la supuesta práctica de consumir carne de burro, es aún más desconectada de la cultura local.
En Neiba, como en gran parte del país, el burro ha sido históricamente un animal de trabajo, un aliado en las labores agrícolas y de transporte.
No existe tradición gastronómica que respalde su consumo, ni mucho menos una práctica extendida que justifique tal señalamiento. Por el contrario, la gran mayoría de los neiberos jamás ha probado esa carne ni muestra interés alguno en hacerlo.
Atribuirle a un pueblo entero una conducta que no forma parte de su identidad cultural no solo es inexacto, sino también irrespetuoso.
Más aún cuando se trata de una acusación que roza lo ilegal, considerando las normativas que protegen a estos animales.
Frente a estas dos falsedades, se impone la verdad social. Neiba es un pueblo digno, tranquilo, trabajador, con aspiraciones legítimas de desarrollo y bienestar. Sus habitantes comparten los mismos sueños que cualquier otra comunidad de la República Dominicana: progreso, oportunidades y una mejor calidad de vida para las futuras generaciones.
Desmontar estos mitos no es solo una cuestión de orgullo local, sino de justicia, porque ningún pueblo merece ser definido por prejuicios, y mucho menos por narrativas que, repetidas sin fundamento, terminan convirtiéndose en una carga inmerecida.
Es momento de hablar de Neiba desde la realidad, no desde la caricatura; desde su gente, no desde el rumor; desde la verdad, no desde el mito.
