Por Luis Herasme
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Jueves, 22 de enero 2026.
Uno de los grandes problemas de la humanidad en estos tiempos no es la falta de información, sino la manipulación de la verdad.
La mentira mediática se ha convertido en una herramienta política usada para acusar países, dañar la imagen de gobiernos y crear la idea de dictaduras, pobreza extrema, represión y persecución política que no existen
No se trata de periodismo serio, sino de una estrategia de comunicación al servicio de intereses políticos y económicos.
A fuerza de repetir una misma versión falsa, esa versión termina siendo aceptada como verdad por millones de personas.
Venezuela es uno de los ejemplos más claros de esta práctica. Desde hace años, grandes medios internacionales y dirigentes políticos insisten en mostrar al país como un Estado represor, lleno de supuestos “presos políticos”.
Hoy incluso el gobierno de los Estados Unidos exige la liberación de al menos mil personas bajo esa etiqueta. Sin embargo, cuando se revisan los casos uno por uno, los documentos judiciales y las acusaciones formales, se observa que no se trata de personas encarceladas por pensar diferente, sino de individuos acusados o condenados por delitos graves como conspiración, actos violentos contra el orden del país, intentos de atentados, sabotajes o llamados a la violencia.
Aquí queda al desnudo la doble moral que sirve de columna vertebral al discurso imperial. Si ciudadanos de los Estados Unidos cometieran hechos similares, conspirar contra su gobierno, promover la violencia política o intentar desestabilizar el país, no serían llamados presos políticos, sino terroristas, enemigos del Estado o amenazas a la seguridad nacional. Nadie pediría su liberación ni los presentaría como víctimas.
Este uso del lenguaje no es casual. Llamar “preso político” a personas que en otros países serían tratadas como criminales forma parte de una estrategia para desacreditar gobiernos.
El objetivo final es justificar sanciones, bloqueos económicos, aislamiento internacional y presiones que afectan no solo a los gobiernos, sino a pueblos enteros.
De esta manera, la soberanía de los países queda sometida a una versión impuesta desde grandes centros de poder, que deciden quién es democrático y quién no, quién merece castigo y quién merece apoyo. Todo depende de si un gobierno obedece o no los intereses de Estados Unidos y sus aliados.
La República Dominicana, un país con una historia marcada por intervenciones extranjeras y presiones externas, no debería aceptar sin cuestionar estas narrativas. Pensar de forma crítica no significa defender gobiernos ni negar problemas, sino rechazar la manipulación, el doble discurso y la mentira convertida en política internacional.
Cuando una mentira se repite muchas veces, termina pareciendo verdad, sigue siendo mentira.
Frente a eso, el deber de los pueblos y de los medios responsables, es analizar, cuestionar y no dejarse arrastrar por historias construidas para servir intereses mezquinos, dañinos y criminales contra naciones soberanas.

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